En un campo
yo soy la ausencia
de campo.
Esto siempre
sucede así.
Esté donde esté
soy aquello que falta.
Cuando camino
separo el aire
y después
el aire se reúne
para rellenar los espacios
que ha ocupado mi cuerpo.
Todos tenemos razones
para movernos
Yo me muevo
para mantenerlo todo intacto¹.
Mantenerlo todo intacto, Mark Strand (1964)
I) En su viaje a la América española, Humboldt vio en los sistemas de relaciones entre organismos vivos, paisaje y condiciones climáticas, el suelo sobre el que asentar la botánica y la geología modernas, un caldo de cultivo ideal para reformular gran parte de los interrogantes que se estaban ofreciendo a la comunidad científica: ¿cómo llegaron los esqueletos de los tapires, cocodrilos o elefantes a Laponia? ¿Habrían sido las corrientes de agua que los transportaron hasta alojarlos bajo tierra o acaso habrían habitado esas tierras hace años, cientos de años, milenios tal vez, debido a fluctuaciones en el eje de la Tierra o por variaciones en la radiación solar? La popularidad que el Ensayo sobre la geografía de las plantas de Humboldt alcanzó no fue tanto por sus conclusiones (apenas había conclusiones) como por la manera en que pretendía resituar el paradigma de las ciencias naturales. Había trabajado sobre el campo siguiendo las directrices de su tiempo, haciendo mediciones, comparaciones, clasificando al estilo de la taxonomía linneana, pero supo ir más allá al determinar que las cosas que habitan en este mundo, existen y se relacionan más allá de lo que un sistema taxonómico puede abarcar, relacionándose entre ellas mismas, por sí solas y sin la necesidad de una subjetividad que las ponga en relación. O sea, que todo marco existente de interpretación hasta entonces empleado había quedado inservible para describir el verdadero funcionamiento de lo orgánico. Ya no bastaba con enumerar las características de la especie, sino de hablar de sus condicionantes y su relación con el entorno. En definitiva, desplazar el conocimiento del objeto a la relación. A Humboldt lo pasó por encima el positivismo que desarrollarían seguidores de su biogeología como Darwin, y el asunto de cómo los entes se relacionan entre sí sin necesidad de una inteligencia externa que lo adecúe a su marco quedará el medio circundante visto, concebido, desde cada entidad que habita el planeta. Es precisamente en este contexto donde la noción de Umwelt de Jakob von Uexküll adquiere una renovada potencia. El mundo deja de presentarse como una realidad única y estable que espera ser descrita desde el ojo humano para fragmentarse en una multiplicidad de mundos perceptivos, tantos como formas de existencia capaces de establecer relaciones con aquello que las rodea. La garrapata, el árbol, el pájaro o el ser humano no habitan un mismo mundo. Dentro de un mismo espacio: cada uno selecciona, percibe y articula su entorno a partir de unas capacidades y relaciones diferentes. Pensar desde el Umwelt supondría entonces aceptar la posibilidad de especular con mundos cuya experiencia nos resulta inaccesible, desplazando el conocimiento hacia un territorio necesariamente incierto, imaginativo y recóndito.
II) Resulta curioso pensar en la relación que mantiene lo invisible con lo inexistente o, por el contrario, lo visible con lo existente. Como anclados a una suerte de empirismo radical, mantenemos que algo existe si puede verse, tocarse, olerse o si, en definitiva, se brinda a la percepción de los sentidos. Como aquel escritor que en boca de Marco Polo hablaba de unas ciudades invisibles al tiempo que las describía, ¿cómo es posible?, hablaba de ciudades que, aunque fuera posible hablar de sus calles, de su vegetación, de sus gentes, de todo lo que al fin parece resumirse en una realidad material tangible a la experiencia, toda descripción quedaba yerma a la experiencia de la ciudad si solo se acudía a lo visible. Es por eso que Italo Calvino agrupó hasta cinco ciudades bajo el epígrafe del deseo, otras cinco bajo el de la memoria y otras tantas bajo el del nombre. La realidad de estas ciudades no encajaba con un retrato de lo que llega por los sentidos sino de lo que se quedaba resguardado en otro rincón de la experiencia. En la nota preliminar al libro advierte que estas son ciudades que cobran forma y se desvanecen, son lugares de trueque, pero no solo de mercancías, sino de palabras, de deseos, de recuerdos². En la ciudad de Isadora hay unos viejos, dice, que miran pasar la juventud y continúa: los deseos son ya recuerdos³. En esta ciudad no hay deseo sino añoranza, el presente no es capaz de habitar el deseo al menos que lo recuerde, y es en la memoria donde ha quedado guardada esta experiencia. Podremos ver Isadora, sus calles y sus gentes, pero no podemos ver aquello que hace que Isadora sea Isadora. La ciudad es invisible porque no es capaz de percibirse si no se tiene su recuerdo, si la memoria no trae algo al ahora. Las ciudades de Calvino o no existen, o de existir, solo existirían en la imaginación, dentro de esa linde que comparten la memoria el deseo y el anhelo. Más bien han traspasado la frontera de lugar para convertirse en condición de la experiencia.
En una ocasión, otro escritor, y en otro libro de cuentos, venía a apuntar lo mismo sobre el arte, o la historia del arte en general en relación con la propia experiencia, y decía: El arte es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, es la historia particular⁴.
Como con Calvino y sus ciudades, el arte para Bolaño no podía caer en una pretendida objetividad de la descripción de las cosas que lo constituyen, no iba a existir únicamente por ser parte de una narración historiográfica. El arte se encontraría con mayor fidelidad en aquellos espacios de la experiencia donde toman forma las vivencias particulares de cada individuo
III) En el propio hacer hay un condicionante de tiempo, solo se hace si se cree en la expectativa. Pero si desaparece la expectativa, entonces no hay un tiempo de llegada para el hacer. A esto lo podemos llamar azar. Aunque vivamos habituados al plano de lo probable, del cálculo y de la teoría, resolverse en el azar o hacer a partir del azar no es una anomalía, más bien todo lo contrario. Así las cosas, o así la vida, tener la no certeza como premisa en el hacer puede ser provocado si se invierte la relación entre las cosas y el sujeto, o sea, si son las cosas que escapan al control de quien antes habría pretendido controlarlas.
El trabajo con la materia, como por ejemplo en una escultura que se entiende desde la propia agencia de los materiales consiste en eso, en ser capaz de mantener en equilibrio la visión de futuro que atraviesa la distancia como una flecha con la mirada cercana, incluso miope, que exige el trabajo con los materiales⁵.
¹ Mark Strand, “Keeping Things Whole”, Sleeping with One Eye Open, Iowa City, University of Iowa Press, 1964
² Italo Calvino, Las ciudades invisibles, trad. Aurora Bernárdez, Madrid, Siruela, 2025, p. 5
³Italo Calvino, Las ciudades invisibles, trad. Aurora Bernárdez, Madrid, Siruela, 2025, p. 10
⁴Roberto Bolaño, Cuentos completos, Barcelona, Debolsillo, 2019, p.19
⁵Tim Ingold, Making: Anthropology, Archaeology, Art and Architecture, London, Routledge, 2013, p. 72