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Doble amarillo terciopelo golden

10.01.26 - 31.01.26

Pablo Capitán del Río

Doble amarillo terciopelo golden

I)

Cuando era pequeño, venía a comer todos los fines de semana a esta casa. El portal casi siempre estaba abierto, y yo solo tenía que recorrer el pasillo de la entrada y esperar a que me abrieran la reja de abajo con el telefonillo. Doblaba el recodo y subía las escaleras. Había una luz cálida, amarillenta, que dejaba paso a una luz de exterior a medida que iba subiendo. Mi abuela me esperaba arriba asomada a la barandilla. Mientras la comida se preparaba yo me sentaba a charlar con mi abuelo en uno de esos silloncitos modestos como los que habría en una casa típica de abuelos como era la de mis abuelos; estaba hecho de una gomaespuma que te hacía hundirte hasta casi abrazarte cuando te sentabas en él y por fuera lo recubría una tela color burdeos que quería imitar un cuero caro que solo podía permitirse una familia de una posición social elevada. De fondo sonaba uno de esos documentales aburridos en la televisión que amenizaban los sorbos que le daba mi abuelo al chiquito de vino barato, y por las ventanas seguía entrando luz, una luz de casa. Recuerdo que nunca escuchaba lo que me decía mi abuelo, yo mantenía la mirada fija en cualquier punto fijo que tuviera de frente, y eso me bastaba para sentirme a gusto. Por la casa había repartidas todo tipo de baratijas, muchas de ellas compartían ese gusto por la estética de manufactura industrial, de plasticucho que juega a falsear la textura de la plata o del oro. Y aunque no tenían valor ninguno, el apego que sobre ellas tenían mis abuelos y el cuidado con el que las habían tratado –exhibiéndolas y seleccionando la ubicación exacta del apartamento en que querían que fueran vistas como si formaran parte de una cuidada colección de arte– las revestía de un valor mucho mayor del que pudieran tener en origen. En las casas como esta la decoración a partir del souvenir y la imitación era un fundamento inherente a la sensación de acogimiento. El lujo intencionalmente fingido (y necesariamente obligado por una determinada realidad social) permitía recrear una estética que captaba muy finamente la síntesis entre lo suntuoso y lo modesto, entre lo sofisticado y lo precario, como una suerte de palacete de antiguallas, no solo inservibles sino falsas, en el que se revelaba una desconexión entre forma y realidad como la que a menudo se identifica con el estilo kitsch.

II)

En la ceremonia que la familia Ponteleone de El Gatopardo celebra en su palacio de Sicilia, se puede apreciar una de las escenas de la literatura más evocadoras de la decadencia. Entre escayolas agrietadas, candelabros, tapices y muebles monumentales (que) recordaban (a) una magnificencia ya sin función se celebra un baile que reúne a una aristocracia que está dividida entre aquella antigua que desde hacía tiempo había mantenido un linaje que parecía llegar al borde del colapso y una nueva, la que traía el Risorgimento, que iba a ser la encargada de ocupar los asientos vacíos de sus predecesores. Y, quién sabe si para volver más irónica la estampa, de entre todo el gentío aparece un oficial al que se le da voz para que cuente cómo él está convencido de lo exitosa que resultará la transición al nuevo orden. La anécdota se torna un elemento poético si la enfocamos una vez más desde el enfrentamiento de la realidad y lo formal, o sea del enfrentamiento entre lo que realmente es con lo que debiera ser: la antigua aristocracia desaparece pero hay otra que, aun no siendo esa misma, es capaz de actuar como tal. 

A propósito de los italianos, la poesía futurista, enemiga de lo antiguo, era una poesía del golpe. Sus palabras eran ruidosas, estridentes, y su razón de ser era el impacto. Salpicaban de imágenes la conciencia de quien las leyera y saltaban de una situación a otra sin ton ni son más que por la emoción de evocarlas. Desdibujaban una realidad homogénea para despedazarla en muchas. La realidad eran fragmentos separados, arrancados de sí hasta que de pronto tenían un encontronazo en la mente del lector. Aquí ya no se trataba de armonizar el un nuevo orden con el antiguo, sino de regocijarse en el nuevo mundo de la modernidad que se había asentado gracias a los avances tecnológicos, en industria, armamentística, mecánica y maquinaria en general de principios del siglo XX. 

III)

La precariedad y desechabilidad del material y la manipulación del ambiente (luz, olor y ruido) son los dos ejes en torno a los que se articuia esta exposición. El conjunto se remite como ficción intencionada, un escenario diseñado para el fingimiento a partir de unos materiales que actúan como lo que no son y toman como esencia contradicciones estéticamente conjugadas: lo lujoso se alterna con lo decadente o lo sofisticado con lo mediocre.

Los cartones aterciopelados de Pablo Capitán del Río son eso, cartones, diseñados para absorber el polvo y cubrir el suelo y las paredes durante las obras, con la salvedad de que, en lo formal, la pieza ha sido pinta de tres colores para repetir el patrón de las telas de terciopelo. A partir de ahora el cartón ya no es un simple cartón de obra, si no que ha redefinido su función a partir de la apariencia. Esta metamorfosis del material se hace más patente cuando el hecho de pisar y andar sobre esta alfombra de terciopelo hace que, una vez visto, no pueda volver a verse igual: el dorado que se revela al ir se convierte en marrón cuando se vuelve la vista y al revés.

Extraídas de una máquina Dymo, Pablo Capitán del Río ha clavado unas frases en dos paredes del edificio, Son frases que ha ido recogiendo a lo largo de los años frases que aparecen y se cruzan. Todas ellas tienen una capacidad escénica, porque abren un espacio de figuración. Con ellas se puede construir una situación de golpe, casi como a modo de revelación instantánea. Hacen de pretexto para rebuscar en la memoria, encadenar pensamientos y mantenerse en la divagación y el pensamiento distraído. Sus enunciados pueden llegar a provocar cierta sensación de identidad en quien las lee, remitiendo a lugares comunes que somos capaces de imaginar.

Doble amarillo terciopelo golden es un sitio o muchos a la vez. Tantos como imágenes se desprendan de sus frases, y tantos como los que el espacio sea capaz de sugerir. La propuesta se explica desde la especificad de un lugar que es intervenido para imaginar uno nuevo en donde quepa la posibilidad de redefinir la percepción del espacio con tan solo orientar el ojo y en donde la estabilidad formal de lo que se ve esté amenazada por un sensación de anomalía constante.

Pedro Huidobro