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Alterable como un sueño frente al miedo o el deseo

05.06.25 - 13.07.25

Nuria Atarés Montanuy, María Burgeria Reig, Javier Camps, Blanca Espasa, Alejandra Martínez Valor, Lú Mateo, Carla Quesada, Pablo Quesada, Solonur

Alterable como un sueño frente al miedo o el deseo

El agua labradora peina nuestra tierra baldía. La rodea con sus brazos hasta que deja de serlo. El abrazo la encauza y la moldea. Humedece el secarral y lo abandona. Rompe el suelo con la distracción de su caricia. Y lo convierte en barro.

La reblandecida tierra, dúctil, es permisiva pero no frágil. Alterable como un sueño frente al miedo o el deseo. Hundimos nuestros pies en ella para sembrar el alimento, y arrastramos sobre su aterciopelada rugosidad maleable nuestros tersos dedos. La poseemos así en todas sus nuevas formas. 

A veces las cosas tienen que ser nuestras para que nos dignemos a cuidarlas. Solo entonces nos dedicamos a ellas pacientemente. ¿Es justo eso? No lo sé. Pero la ribera es fructífera, y es fácil observar lo que mimas, incluso cuándo la mirada no se devuelve. 

El afluente es el codo que articula el pasto dormido, el arrullo que hace abdicar al campo desadehesado. Barro y agua son hilván que une extremidades. La arcilla homogeneizadora configura un solo cuerpo. El lodo es su hilo, y el hilo es a su vez cubierta textil, carpa de mi invernadero, cuerda afinada que salta entre los bastones de la huerta. 

Las hebras, las cañas y el hierro cooperan segando el trigo, arando los campos, atando ramilletes de tomillo, romero y azahar. El metal ancora con su peso la deriva, y sobre él, el arte emula lo que ha visto a la vera de los caminos.

La tierra debe ser un conjunto y análogamente estar compuesta de individuos que puedan regenerarse, torsionarse y liberarse de la propia unidad, sin abandonarla. La unidad de nuestra tierra ha de poder moverse como un ser vivo ajeno al cautiverio. Poder redirigir el enfoque de cada uno de sus ángulos si lo desea, vislumbrar realidades más allá de nuestros montes. 

Las estaciones seguirán pasando, y nada quedará de ellas si el barro no las solda, si sus costuras se deshilachan o los fractales pierden el compás de la divina proporción. Seamos acompañante fluvial, metal que consolide, pegamento arcilloso, hilván cohesionador, naturaleza viva. Bebamos de la herida torrencial para sanarla. Labremos la tierra para ser contexto amable, espacio habitable, refugio generacional. Porque la flor que brota en la estéril tierra baldía es admirada, pero las lágrimas que se decantan con su prematura muerte no bastan para resucitar el paisaje yermo.

Carla Quesada