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Presagio de futuras grandezas

11.11.24 - 22.12.24

Rubén Ojeda Guzmán

Presagio de futuras grandezas

Cuando esta casa se construyó (1908), hacía diez años que las últimas colonias del llamado imperio español habían caído en manos de los Estados Unidos. España se había convertido en una cuestión difusa y multirreferencial: si no era imperio, qué era sino. En el tiempo que media entre aquel gran acontecimiento y este pequeño e instintivo gesto de buscar cobijo en la gran ciudad, se mantuvo un exigente debate sobre el nuevo destino de España como nación imperial que culminó en la Ley de la Escuadra de 1908. 

A unos pocos días de la fecha en que se inaugura esta exposición se celebra el treinta y cinco aniversario de la caída del muro de Berlín. El hormigón que había separado a la Alemania occidental de la del este durante casi cuarenta años cayó en una sola noche y de improviso, entre otras cosas, a raíz de la errática intervención ante los medios del portavoz del partido único, Günter Schabowski.

Las fuentes documentales directas que existen de estos momentos de la historia constituyen la premisa narrativa de Presagios de futura grandeza. 

La publicación íntegra de la Ley de la Escuadra en la Gaceta de Madrid informaba a la nación de una nueva dirección en el rumbo de una España a punto de resurgir, aseguraban. El presidente Antonio Maura -quien aparece en las crónicas de parlamentarios presentes durante la sesión como el protagonista del día en que “pronunció uno de los discursos más hermosos de su vida”- auguraba con esta ley un cambio de paradigma político. Más bien, la vuelta al anterior paradigma político. Se proponía un nuevo salto de la historia, un nuevo instante para el que la linealidad del tiempo abre una grieta (en palabras de los pensadores vitalistas de la época) y determina el tiempo que vendrá. Tal y como aparece en la biografía del presidente, esta ley sería el “presagio de futuras grandezas, causa de nuestro regocijo y de nuestro orgullo nacional”.

La premeditación y la esperanza del cambio político no tienen cabida en las notas de Günter. El manuscrito, que había sido preparado rápidamente con anotaciones y remarcaciones de todo tipo, tenía la intención de aliviar las tensiones que se estaban librando en las calles con las miles de personas congregadas en la manifestación de Alexanderplatz o en las marchas de Leipzig. En palabras de Günter “actuábamos bajo la presión de los acontecimientos”. Tras una apresurada respuesta a los periodistas que preguntaban por las nuevas medidas sobre las salidas del país, se corrió la voz y en unas horas las fuerzas militares que protegían el muro tuvieron que dejar paso a la avalancha de personas que se agolpaban para pasar al otro lado. 

Rubén Ojeda Guzmán pone el foco en estas cuestiones que rondan permanentemente la idea del tiempo. La historicidad de todo lo que acontece es entendida por el artista como una fuerza irremediablemente impredecible, incapaz de ser determinada a priori. En el fondo de estas obras hay implícito un menosprecio a la facticidad de los acontecimientos, como en las piezas de los dos documentos (Ley de la Escuadra y notas de Günter) intervenidos con cera con la palabra Scheisstag (“día de mierda” en alemán). Enfrentando estos papeles de infinitas diferencias en forma e intencionalidad, Rubén nos aproxima a esta problemática de entender el tiempo a través de simples datos materiales sentenciando que ningún hecho es determinante en sí. Los aniversarios y el acto de remembranza que llevan consigo son cuestionados como una forma de socavar la verdadera realidad de lo ocurrido. 

Y así lo vemos cuando comprobamos que el paso del tiempo dejó incumplidas las esperanzas depositadas en la ley de la Escuadra de 1908 de la que nadie guarda ningún recuerdo, y cuando irónicamente los apuntes a mano de Günter siguen manteniéndose como el inicio de una quiebra que Fukuyama bautizó como el fin de la historia.

Esta inefabilidad de lo que pasa es tratada cuando Rubén envuelve los vanos de la escalera con el reverso de carteles publicitarios traídos directamente de la calle, recreando una atmósfera de información saturada e ilegible, que envuelve todo el entorno y que contiene todo momento susceptible de ser historia por el mero hecho de ocurrir en el presente. Subiendo por uno de los tramos de la escalera, los paneles con relojes de humo Time is out of joint inducen a pensar en una lógica temporal distorsionada y efímera, aún más fluida e inaprehensible que la del tiempo líquido. Es el tiempo que se desvanece. 

De este humo y lenguaje conceptual a través del uso de la pólvora tan propio de Rubén tratan las dos obras que inician y culminan la exposición: Breathe y “Presagio de futuras grandezas” que arden. Obras que a través del lenguaje evocan palabras con un significado que se apaga en el agua o se detona en la pared para ser anulados por el entorno en el que se desarrollan. 

Pedro Huidobro