La obra de Lucía Tello (1996) y su proceso creativo están ligados a una
constante reelaboración del imaginario. Su pintura puede explicarse como hecha
de imágenes fantásmicas, que vienen de otro tiempo y se presentan ante
nosotros arrastrando su pasado. Trata de paisajes, objetos, retratos, flores,
cerámica, y tantas más referencias que hablan de las formas de la materialidad y
de conceptos que libremente pueden asociarse con ellas. Formas, al fin, que
parecen estar en ese limbo, entre la representación y la realidad, entre objetos
reales e imaginados, entre el archivo y el instante visual.
En estas dos paredes se exponen algunas de las piezas constitutivas del antes
(documentos de archivo) y del durante de su obra (pintura), a modo de una
suerte de retablo en el que se incorporan distintas narrativas, formas y
volúmenes dentro de una misma estructura. Retablo que solo se alcanza a ver
por entero cuando se llega hasta arriba del todo y entonces se dirige la mirada
hacia abajo, como se haría ante un Descendimiento que ahora ha trasladado su
definición del ámbito de lo temático al del gesto visual.
Como con los paneles de Warburg, las imágenes se buscan y se referencian
entre sí, manteniendo afinidades visuales dentro de un juego óptico siempre
abierto. Desde esta intención de situar las imágenes y sus representaciones en
un diálogo que refuerce esta idea de estar ante unas formas que sobreviven y
atraviesan el tiempo, contemplamos representaciones que están en pugna por la
extrañeza y lo conocido. En el trabajo de Lucía podemos reconocer procesos
tan conscientes como inconscientes, préstamos formales y emotivos,
remembranza y olvido, asimilaciones e inversiones de sentido, sublimaciones y
alteraciones.
Pedro Huidobro