I)
El tiempo ha dejado de ser un lugar. No sabemos qué nos espera en él ni, peor aún, después de él. Y para esta noción utilitaria de las cosas, resulta inquietante no conocer el para qué de algo. Decir que de un tiempo se espera algo, es lo mismo que hacer del tiempo una proyección, cargarlo de unas connotaciones de futuro. La historia puede entenderse como un dispositivo organizador de futuros, que se alimenta de esperanzas, del cumplimiento de cosas que se dicen desde un presente que espera ser compensado más adelante. La historia no existiría sin promesas. La salvación es una promesa y la revolución también, y entre ellas la única diferencia es dónde se cumple con lo prometido, si en el más allá o en el más aquí. Quizá la duda que nos asalta es si cabe esperar algo de lo que prometemos o si, en definitiva, siguen existiendo las promesas. Si el tiempo siguiera siendo un lugar de promesas se nos concedería al menos un momento de lucidez suprema, un momento en el que todo cuanto nos ha sucedido se define, de pronto, como el desarrollo necesario de los acontecimientos1. Para Adela la pintura es exactamente ese culmen organizador de instantes precedentes, y todo lo que la ha llevado hasta el lienzo es una sucesión de gestos simples y de acciones inadvertidas para el resto. Lo que vemos en la obra de Adela es lo que habría querido mantenerse desapercibido pero que ahora es el resultado de una acción tan simple como llena de sentido.
(II)
El vértice es el encuentro de las líneas, la punta es la esquina. La verdad es un encontronazo de muchas contradicciones y de muchas líneas. Tal vez por eso lo redondo y curvado tenga más de verdad que lo esquinado, porque la verdad lo sería todo y nunca puede estar parada, como los círculos que todo lo abrazan y que no tienen ni principio ni final, ni se puede conocer si se mueven o son estáticos. Del mismo modo, desde una esquina la vista es cerrada y desde un círculo es panorámica, por eso desde un círculo hay retorno y desde una esquina no. Aunque toda línea limita, sabemos que en la juntura de una esquina el cierre es más seguro y la demarcación de espacios es más firme. La vista es absoluta y no entiende de intermedios, todo lo que sea medio es la mitad de algo y por eso nunca llega a ser algo en sí mismo, como la mitad de una esfera o la mitad de una pirámide. Igualmente, un círculo nunca podrá ser cuadrado ni un cuadrado círculo. Si las esquinas del cuadrado se curvaran no sabríamos qué sería ni cuál sería su nombre. Es el caso de cambiar algo de forma y hacer que siga siendo lo que era, como coger un cuchillo redondo y que aun siendo redondo siga siendo cuchillo. Estar a medio camino entre ser una cosa y casi llegar a ser otra al mismo tiempo, poner en riesgo la esencia de algo por querer hacer de ella su contrario, y con todo mantenerse siendo la cosa. Eso es un cuchillo redondo. Pender del hilo, estar de puntillas sobre la línea que es fronteriza, hacer de lo distante lo próximo y de lo punzante lo suave. Redondear el cuchillo es cuestionar algo para acercarlo al límite, como la pintura que abulta su tela y se aleja de la superficie plana. O como la esquina que aparece dentro del cuadro y que al curvarse hace de tope dentro de sí. Como la pintura que se cuestiona desde sí misma y que por eso sigue siendo pintura.
- Towles, Amor. Un caballero en Moscú. Trad. Gemma Rovira Ortega. Madrid: Salamandra, 2025 (colección Salamandra Narrativa)