Para Bloch, la esperanza es entendida como un acto que se dirige hacia lo que aún no es, a aquello que aún no ha llegado (Noch-Nicht-Sein) y que se encarga de orientarnos a lo que está por llegar, literalmente al porvenir1. Me pregunto si todo lo que hacemos lleva implícito un cariz de esperanza de manera que esperemos que pase algo después de cualquier acción, y al mismo tiempo me resulta curioso verme pensando si existe o no la esperanza en una época en donde el pensamiento ha descartado cualquier posibilidad de trascender.
Quizá lo más cerca que estemos de concebir la esperanza sea a partir del elogio de la espera. Estas dos palabras, espera y esperanza, comparten una mirada pasiva acerca de la realidad, quizá en una más enmascarada que en la otra, pero en la que hay un componente esencial de permanecer expectantes a lo que sea que el tiempo provea. También la espera es un método, una forma de hacer capaz de orientar la acción aunque, como la esperanza ¿Tiene un fin? ¿Hay un momento exacto en que la espera acabe, o no es más que un alto en el camino deliberado? ¿Podría haberse prolongado? A menudo es difícil saber cuándo las cosas han llegado a culminar. Casi siempre es una cuestión de intenciones o de perspectiva, lo que para algunos ha acabado, para otros solo ha hecho empezar. Pienso por ejemplo en la arquitectura y en los ideales de finitud y función que tradicional y muy equívocamente suelen ir asociados a ella: un arco romano sería siempre un arco romano si no fuera porque ha pasado a conservarse. Su prórroga vital pasa ahora por la categoría de monumento y para seguir existiendo tiene que desprenderse de todo cuanto fue. Los monumentos en general de cualquier ciudad europea acostumbran a ser cualquier cosa menos la que en origen fueron. Unas veces rotondas, otras postales de fotos, puntos de encuentro para free tours, parapeto para las luces de navidad, etc. En este proceso reorganizador de las cosas lo único que ha habido que hacer ha sido esperar.
Y cuando llego es una meditación sobre la espera como forma de hacer y una exploración de las limitaciones de lo que nos viene ya dado como técnica para abrir nuevos caminos. La exposición se plantea como una reafirmación de la manera que tiene la materia de hacerse a sí misma, como un proceso en el que la la práctica se articula a partir de la expectación de quien hace y de la acción propia del material. El trabajo de Mikel Adán Tolosa, Helena Ripoll y Marc Salas Armengol se estructuran en torno al diálogo de lo que hay de contingente y permanente en la materia, indagan en la desnaturalización del propio material empleando procesos y agencias que a priori no le resultarían propios e incorporan ópticas que rehúyen de otras representaciones acomodadas de los materiales.
Y cuando llego pretende hacer de alto en el camino al que se llega después de haberlo andado. El recorrido propone una alteración del espacio con una disposición que obliga al espectador a detenerse y reorientarse, profundizando en la sensación de camino y enfrentándole a una suerte de encuentros que invitan a reubicarse en la escalera